Extractos de
Sabor a Chocolate (2008), una novela de José Carlos Carmona (Málaga, 1963).
A Adrian Troadec le tocó jugar con las negras. En el comienzo de la partida se disputaron el centro del tablero con sus peones. Tras unas maniobras, la dama negra tuvo que salir en defensa del centro del campo de combate, aunque al verse acorralada se sintió obligada a retroceder. Las siguientes escaramuzas llevaron esta vez a la dama blanca al centro para defender un último peón. La salida de un peón negro más desequilibró el centro y produjo una enorme masacre sobre una sola casilla, la casilla 5 rey: el peón negro comió al peón blanco, el victorioso fue comido por el caballo blanco, a éste lo abatió el caballo negro, pero la dama blanca acabó con él, luego la dama negra lo vengó y la torre blanca eliminó, por último, a la dama negra.
Adrian Troadec contempló la masacre que en unos pocos minutos había dejado el tablero medio vacío y se asustó de la vida.
.
Adrian Troadez pensó que sin duda estaba dando jaque a la dama.
.
- No gracias, no me apetece - dijo-, me esperan.
Y lo peor no fue que Adrián Troadec se quedara bajo la nieve, con los pies empapados, con un paquete de puré de bollos dulces abierto sobre sus manos y cara de bobo, lo peor fue que verdaderamente alguien la esperaba.
.
Alma Trapolyi habló con él desinhibidamente, con alegría, sin tensiones ni complejo alguno, sin recuerdo de persecuciones pasadas. Adrian Troadec entonces comenzó a darse cuenta de que Alma Trapolyi lo trataba como un amigo más, como un compañero.
Y esa revelación lo hundió.
Alma Trapolyi le habló -pensó- como habla una mujer que ya es de otro.
.
Alma le hablaba de Mel Willman. Adrian soportaba el tema porque entendía que ella de lo que hablaba era de amor y a él le gustaba el tema, no el protagonista.
.
y luchó por aprender a resignarse.
.
Sólo dos días después, Alma fue visitada por un sargento que le traía una nota de pésame del general Taft: Mel Willman había muerto.
Alma, entonces, lloró. Pero sólo por ella.
.
Alma pensó que la vida no se justifica si un niño tiene que sufrir.
.
Había que huir, pero no había adónde. (...)
No obstante, huyó.
.
Adrián comprendió que todo era una profanación, que los lugares no son neutros, que no permiten la injerencia de cuerpos extraños.
.
Adrián pensó en el suicidio. No como un hecho cruento ni como una vengativa y desesperada acometida contra la vida, sino como una simple desconexión, un acabar ahí mismo, un dejar de gozar y de sufrir, una asunción de que ya había visto suficiente, de que ya había vivido suficiente.
(...)
Y por curiosidad, sólo por curiosidad, decidió seguir viviendo.
.
Sólo sintió miedo. Miedo a perder la vida tan de repente, miedo ante la comprensión de que su vida también debía acabar, como la de ella. Que ya no eran los mayores los que morían, que ahora les tocaba a ellos.
.
Sabía que, escribiendo, Eleanor pensaba.
.
Si la familia había sido una fingida escena teatral, una gran mentira, qué podía ser el mundo.
.
Richard Kearns se mostró torpe -como era- en la cocina. Intentó que ella se sintiera como en el piso de estudiante de unos amigos y gran parte de la noche la pasaron en la cocina, el lugar, según él decía, donde se encontraba menos tenso y más en familia, en recuerdo de las horas con su madre y sus hermano en interminables desayunos y cenas. Richard Kearns sabía que mientras estuvieran lejos de un sofá o una cama ella se encontraría relajada y natural. Ambos sabían, no obstante, que todo aquello no era más que una estrategia, pero la estrategia cumplía con todos los ritos de apareamiento de la clase intelectual elevada.
.
En abril de 1960, Eleanor Trap y Richard Kearns hicieron el amor por primera vez. Para Eleanor era su estreno total. Para el profesor Richard Kearns, de 41 años, sólo era una vez más, una dulce y cariñosa vez más en el desastre de su interminable lista de intentos infructuosos por ser feliz en pareja.